El mar interior – Matías Capelli

Y tal vez un texto sea también esto: tomar unas tierras, inventarnos nacionalidades y diseñar, durante años, durante siglos, los mejores sistemas de ingeniería hidráulica para contener lo incontenible y, conteniéndolo, poder vivir. Crear tierra firme y al costado los ríos: los textos son los ríos que corren de costado. En ciudades hombres, en ciudades mujeres. Los textos son el fluir de una conciencia, de una historia que se resiste, que se resiste a desaparecer o en todo caso que, como se resiste a desaparecer, inunda nuestras ciudades, nuestros países bajos que no podemos evitar que se inunden. Porque siempre se inundan, nuestros países bajos: construímos contenciones verbales solamente para no inundarnos de nosotros mismos, de nuestro territorio. Como esta reseña, que conquista el sentido quizá sin la prolijidad de los profesionales neerlandeses, de su contención estética que crea frontera mientras crea identidad, nación. Esta reseña no tiene el pulso que tiene Capelli. Matías Capelli, él, el autor. El dueño de su territorio: el que puso diques en su pasado, en algo como su pasado (poner diques es contener el pasado).

Leamos la solapa, vayamos a donde importa: Entre 2013 y 2016 vivió en Ámsterdam, Países Bajos. Entonces viajemos. A su historia paralela, como todo canal tiene su paralelo: distintas frecuencias de una biografía o de una ciudad, que al fin y al cabo es lo mismo. Y Matías no es Matías en esta ciudad paralela, sino que es Milton. Dejemos para otro día el problema del autor. Hoy hablemos de él, de su destreza para andar en bicicleta, por ejemplo: ¿sabe hacerlo? Sabe… ¿sabe esquivar tranvías? No sabe o no puede o no pudo: choque y disparador. Tenemos historia. Tenemos historia de un pibe común, ¿qué hace en Ámsterdam? bueno, lo que hace cualquiera: tratar de sobrevivir. A los tumbos. Un extranjero que muerde los restos de una ciudad que no lo mira y nunca lo mirará, porque la ciudad nunca nos mira, mirándonos. Mirándonos siempre: nunca nos mira, mientras nos mira, hasta que necesita hacerlo. Hasta que un hijo de puta nos chocó y huyó, dejándonos con la bicicleta por el piso y con la cortesía de los que vieron todo, ¿estás bien?, estoy bien: recién ahí nos mira. Por las camaritas de la burocracia, que ordena la realidad. Ni siquiera las camaritas ordenan la realidad: las ordena un tipo detrás del escritorio que dice quién tiene razón en una disputa, tal vez menor, entre ciudadanos de esta ciudad contención. Así narra, Capelli: narra la ciudad artificial con el artificio de una memoria, que como tal construye y reconstruye, hace y deshace, arma y desarma, ama y desama. Y fluye, sobre todo fluye, como los canales de Ámsterdam. Cuenta la historia de una gota en esta ciudad fluyente: ¿puede una gota ser dos gotas, puede una gota ya no ser gota, puede una gota sentir amor, odio? Preguntas que arrojamos al mar.

Patricio Cerminaro

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