Tendres Stocks – Paul Morand

Quizá yo diría que un buen narrador más que un buen narrador debería ser un buen músico o que, en todo caso, un buen narrador siempre es un buen músico. El ritmo lo necesitamos, pero un buen músico no es eso. No es el que crea patrones, no es el que los repite, no es el que fecunda bellezas y bajezas, tampoco y mucho menos es el que escribe canciones. Un buen músico es el que hace bailar, el que conoce la santa alquimia del cuerpo, el que oyó hablar de los protones y los neutrones y su excitación física cuando algo los excita. Un buen músico es el que conoce de la química de las cosas vivas. Y aquí está Morand. Un hombre que vivió. (Tal vez para conocer de las cosas vivas se deba vivir primero). No estamos acá para discutir cómo y porqué Morand sabe de pulsos, de impulsos. Estamos acá para entender que toda palabra ritmifica y toda palabra mitifica, en un mismo procedimiento. Toda palabra propone una melodía y a la vez un silencio, su contraparte, su condición de necesidad. Y mezclar eso, ay, mezclar eso es la tarea del músico, del narrador. 

Los textos que componen Tendres Stocks respetan todos la misma cadencia. Un sonido que se expande y se contrae y que después decanta. La música es eso, un texto es eso. Morand sabe llevar la orquesta, el texto como una gran superposición que puede verse, pero también olerse, como los mejores himnos. Y que de vez en cuando fabulan y que a veces explotan como estribillos que duran solamente una frase, una vuelta de canción, para volver al ritmo y al pulso, al mito y al recurso, siempre al recurso, al encause de la historia, que siempre va para adelante, más allá de los desvíos: los desvíos son el matiz en el increscendo. Por eso, tal vez, por su capacidad para contar, para Contar con mayúsculas, Proust lo admiraba, como admiraba Proust. Basta leer el posfacio, largo, potente pero también irreverente, que el autor le dedicó a Morand, en un gesto bastante excepcional. 

El libro, editado por Leteo, se completa con algunos poemas y textos sueltos que Morand dedicó a Proust, pero también al propio entendimiento de sí mismo. Así se completa una obra que funciona apenas como un vistazo de una biografía que parece tanto o más potente que los mismos textos. Y eso es decir mucho.

Patricio Cerminaro

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